El principito era honrado, justo, honesto y tenía un gran corazón.
Como todo el reino sabía lo bueno que era nuestro principito, decidieron elegirlo para dirigir del reino.
–Sí-, dijo la mayoría del pueblo –el honrado principito hará de nuestro reino un lugar mejor. Un lugar donde todos seamos más felices. Hará lo que tantos otros prometieron y no cumplieron-. Así que nuestro principito se dirigió al palacio para impartir la justicia que había prometido.
Entró en su salón real y se puso a trabajar en seguida. Había muchas cosas que reformar, muchísimas cosas que mejorar y había dado su palabra a cada granjero, a cada comerciante, a cada oveja e incluso a cada árbol de que convertiría su reino en un lugar mejor.
Nada más sentarse entró un hombre joven de aspecto agradable. Decidió no darle importancia al hecho de que hubiese entrado sin llamar y de que se sentase sin pedir permiso. Había decidido tratar a todos los ciudadanos con igual respeto, así que sonrió y preguntó: -¿Que se le ofrece amable caballero? Tengo mucho trabajo, puesto que hoy es el primer día del que será, espero, un productivo mandato, pero siempre tengo tiempo para escuchar a los habitantes de esta bella tierra.-
Él extraño lo miro fijamente y con un dulce acento empezó ha hablar. –Mi nombre es Rico, Asquerosamente Rico.- Dijo el joven.
Que nombre tan curioso, pensó nuestro amigo, pero se guardó de hacer ningún comentario. –Encantado de conocerle, a mi me puede llamar principito, que puedo hacer por usted Rico?-.
Él joven, Rico, esbozó una ancha sonrisa donde resaltaban dos filas de perfectos dientes blancos. –La pregunta no es que puedes hacer por mí, sino que puedo yo hacer por ti.- Y aunque parecía imposible ensancho aun más su sonrisa.
Sin dejarlo responder continuó. –Soy el dueño de todas las fábricas, granjas, bosques, lagos y riachuelos del reino. Me gustaría discutir contigo unas cuantas cosas que se deberían hacer en nuestro reino y que sin duda resultaran de gran beneficio para mí y en consecuencia para todo el reino.
El amable principito, tratando de contestar respetuosamente dijo. –Lo siento pero por ahora no atiendo peticiones individuales, quizá de aquí un año, que ya habré llevado a cabo el grueso de mis reformas, podremos hablar.-
Sin perder la sonrisa y sin ninguna intención de marcharse, él amable intruso continuó. –Creo que no lo entiendes. Todo el reino come lo que yo cosecho, bebe lo que yo embotello, vive donde yo construyo, estudia lo que yo enseño y se divierte con los entretenimientos que yo organizo. Ahora entenderás que pasaria si yo estuviera triste verdad?-.
Nuestro honesto protagonista frunció el ceño, pero no había mas que abierto la boca cuando el joven continuó. –Verás, yo te hago muchos favores, hago mejores casas, mejores alimentos, hago a la gente más feliz y tu no me quieres hacer un favorcito a mi?- En este punto su cara cambió para formar una exagerada mueca de tristeza.
-Quid pro quo, principito. –Dijo recuperando su ancha sonrisa. Y fue en ese momento, ante la perspectiva de sus afilados caninos,cuando supo a quien le recordaba vivamente.
Viéndose acorralado decidió acceder momentáneamente a las exigencias de aquel joven, que ahora ya no le parecía tan simpático.
Unos años después recibía mensajes todos los días en nombre del señor Rico, pidiendo favores. Había aprendido tiempo atrás que debía colaborar con aquel señor, al que ahora profesaba más respeto que cuando lo conoció y de cuyas sugerencias acabó dependiendo. Al fin y al cabo él era el quien mantenía la mayor parte del reino en movimiento y era él quien podía llegar a perder más si algo iba mal.
Al finalizar su mandato volvió a casa con la conciencia limpia y la certeza de que había hecho de su país un lugar mejor. Y aunque algunos desaprensivos lo tildaron de vendido y asegurasen que les había decepcionado él nunca se arrepintió de nada de lo que había hecho.