Parte I (By ( * 33 * ) )
Parte II (By RollWhisTler)
Parte III:Cuando ves morir de inanición a más gente de la que puedes recordar, la inocencia, los dilemas morales y todo aquello que no se puede morder, se vuelve vacío de significado. El instinto de supervivencia se impone a todo lo demás.
En aquel infierno, Yitz’chak descubrió que simpatizando con sus brutales captores podía sobrevivir, y eso era lo único que contaba allí.
Aprender cuatro frases en alemán, cuatro insultos de los cuales desconoces el significado, pero que hacen sonreír a los soldados. Repetirlos sin cesar mientras imitas torpemente a los propios soldados, a prisioneros siendo fusilados, e incluso a los temibles perros que los custodiaban.
Un método grotesco y penoso que solo podría haber funcionado en un lugar grotesco y penoso. Y funcionó.
Pronto se convirtió en la mascota oficial de la división de soldados asignada al barracón donde se encontraba; le dejaban comerse las sobras que quedaban en los platos e incluso alguna vez le daban un hueso con algo de carne.
Él, a cambio, les hacia reír y les regalaba algo que no tenia precio para ellos; la ilusión que aún poseían una pizca de misericordia.
Pese a todo, Yitz’chak recordaba a donde pertenecía. Es algo difícil de olvidar cuando se duerme junto a medio centenar de malolientes cuerpos esqueléticos que no dejan de toser. Y es imposible de olvidar cuando cada mañana se levantan menos personas de las que se habían acostado junto a tí.
Así pues, solía guardarse parte de la comida que conseguía en sus mugrientos bolsillos (sin que le vieran, intuía que pasaría de lo contrario) para repartirla entre los críticamente necesitados, pues necesitados eran todos.
Muchos ancianos y niños vivieron algunos meses más gracias a él.
Poco a poco fue naciendo en Yitz’chak un sentido de responsabilidad para con el resto de prisioneros. Demasiada gente dependía de él como para detenerse o fallar.
Ayudaba a todos los que podía, pero no podía ayudar a quien el más quería.
A su padre hacía ya un mes que lo mantenían en un estado de semi-congelación, sentado a la intemperie. Los científicos sonreían orgullosos cada día que él sobrevivía, su experimento estaba dando resultados. El sujeto había superado ya todas las expectativas de supervivencia. El suero
“Schneemensch”, como ellos lo llamaban, funcionaba.
Pero Yitz’chak no sabía nada de sueros ni de experimentos, solo sabía que la piel de su padre se volvía cada vez más gris. Que sus pupilas, totalmente negras, estaban tan dilatadas que prácticamente no se veía el blanco de sus ojos. Que permanecía horas sentado con la mirada fija en el horizonte, sin responder a nada ni nadie.
Yitz’chak lo observaba cada día con pena, autoinculpándose por no poder ayudarlo.
El resto de los prisioneros lo observaban con miedo, agradecidos de no encontrarse en su lugar.
….
Algunos días mas tarde llegó un nuevo general. Tenia el rostro más severo que Yitz’chak hubiese visto nunca. Lucía un brazalete con las letras SS y iba siempre acompañado de un feroz pastor alemán que inspiraba miedo incluso a los soldados.
Les hicieron formar a todos en el patio, en total unos 400, y frente a ellos se situó el general con 50 soldados a sus espaldas.
Yitz’chak creyó oportuno ganarse la simpatía del nuevo general. Todo el mundo parecía respetarle, y si conseguía su favor podría conseguir grandes cosas. Debía hacerlo.
Se puso a cuatro patas y empezó a ladrarle al perro y a sacarle la lengua. Este se enfureció. Gruñía y tiraba con fuerza de la correa que sujetaba el general. Los soldados sonrieron e incluso se oyó una leve risita.
El general giró el cuello al oírla, mirando por encima del hombro a sus tropas, sin cambiar en ningún momento su expresión. Y soltó la correa.
Nadie estaba preparado para presenciar lo que ocurrió a continuación. Soldados y prisioneros quedaron helados por igual. Aquello sobrepasó todos los límites imaginables.
Cuando todo acabó se hizo un silencio total. Nadie se atrevía a hacer el menor ruido. Solo el viento silbaba, arrastrando nieve sobre el cuerpo inerte del niño.
Entonces, en medio de aquel espeso e interminable silencio, es escuchó un horrible grito que les puso la piel de punta a todos. Era grave, áspero, y no parecía que ninguna criatura viva pudiese emitir tal sonido.
Todas las cabezas se giraron y vieron al padre del chico de pie, con la boca más abierta de lo que jamás hubiesen creído posible y con los ojos cerrados hacia al cielo.
Su piel gris brillaba intensamente por la nieve caída, que no se deshacía sobre su piel. Todo aquello le daba un aspecto sobrenatural y amenazador.
Nadie había reparado en él. Durante toda la escena había estado, como siempre, sentado con la mirada perdida. Todos creían que estaba muerto por dentro, aunque aún respirase.
Bajó la cabeza y clavó su negra mirada en el general. Este quedó petrificado. Le temblaba la barbilla. El perro retrocedió, escondiéndose tras su amo.
El padre, con las piernas levemente rígidas, empezó a andar hacia él. El soldado que lo custodiaba, igual de sorprendido y asustado que los demás, se puso en medio y empezó a balbucear algo. El padre al pasar por su lado lo cogió del cuello y apretó.
El sonido del cuello al romperse se escuchó nítidamente, helando la sangre de todos los presentes. El padre siguió avanzando.
El general desenfundó su arma y disparó. La bala impactó en su estomago, pero eso no detuvo su avance. Mientras el general vaciaba su cargador, esquirlas de carne y piel congelada saltaban allí donde impactaban las balas, pero el padre no sangraba.
Pasó junto al cuerpo de su hijo y se detuvo allí, entre los soldados y los prisioneros. Bajo la mirada un momento para ver a su hijo y se volvió otra vez hacia el general. Aquellos dos pozos de oscuridad llameaban de rabia.
Abrió la boca una vez más. Pero el grito que se oyó fue 100 veces más atronador que el anterior.
Todos los prisioneros gritaron de rabia a la vez que él, la rabia que habían contenido durante tanto tiempo, la rabia que hablaba por todos aquellos que habían muerto, representados en aquel niño. Y se lanzaron a la carrera hacia sus torturadores.
La visión de aquellos 400 cuerpos esqueléticos corriendo enloquecidos hacia ellos cual ejercito del infierno, mientras el más horrible de los aullidos les destrozaba los tímpanos, dejó a los soldados sin respiración.
Lo que sucedió a continuación solo la nieve lo recuerda.