Pensamientos Fugaces

Mientras me dure la inspiración (o la paciencia) ire posteando aquí lo que me pase por la cabeza. Por favor, no dejeis de comentar lo que os parece. Gracias. Dario.

19 de juliol, 2006

Comeruidos (Relato)

Me llamo Jon y soy el creador del Comeruidos.
La verdad es que nació accidentalmente. Un equipo de científicos capitaneados por mi intentaba desarrollar un microondas con una radio incorporada. No parecía difícil, pero por alguna razón no conseguíamos que la radio emitiera ruido alguno.
Pasaron dos semanas de cautelosas pruebas y el desconcierto inicial empezó a convertirse en intriga. No solo no se oía la radio, sino que no se percibía ruido alguno de la zona donde se encontraba el aparato. Cuanto más cerca se estaba de él, más alto había que hablar para hacerse oír, llegando al punto en daba igual cuanto chillases, ningún ruido escapaba de este si se estaba lo suficientemente cerca.
Al parecer las ondas que generaba se sobreponían a las ondas del sonido, enmascarándolo y silenciándolo totalmente.

Poco después de tener el prototipo preparado fui a patentarlo con el nombre de Comeruidos.

Tardé un poco en darme cuenta de lo que el Comeruidos significaba y de las potenciales aplicaciones que tenia.
Publiqué un artículo sobre el asunto en una revista científica de escasa circulación y de repente me empezó a llamar todo el mundo. Todas las empresas tecnológicas y de telecomunicaciones de aquí a Taiwán me hicieron una oferta por la patente. La situación me superó.
Aparecí en todas los periódicos, en todas las revistas, empecé a recibir amenazas de muerte y declaraciones de amor. No podia salir a la calle. Lo nombraron el invento del año, de la década. Finalmente, inmerso en una crisis, vendí la patente a ciegas a quien me ofrecía más, FILPH & co.

Resultó ser una multinacional Chino-Americana con intereses en gran variedad de áreas (no todas ellas legales), y cuyos reales propietarios aun hoy desconozco.
Aprovechando la fama y el circo que se había creado a mí alrededor FILPH me usó en todas sus campañas de publicidad, asociando mi cara a sus productos. Al parecer en alguna de las 378 hojas del contrato que firmé con ellos se explicitaba que podían usar mi nombre e imagen a placer.

Así pues me convertí en la cara que anunciaba el coche Comeruidos, el primero totalmente silencioso del mercado. Las casas Comeruidos realmente aisladas del molesto ruido exterior. Los aviones Comeruidos que vuelan suave y silenciosos como una nube (frase explicita del anuncio). Las sillas Comeruidos para alumnos ruidosos y revoltosos e incluso los collares para perros Comeruidos.
Mi cara estaba en todos lados.

El Comeruidos acabó llegando al mercado negro. ¿Que significa esto? Que todas las armas ligeras ilegales llevaban uno, el silenciador perfecto. Que todos los asaltantes de viviendas llevaban uno para silenciar su entrada. Que todos los ladrones, asesinos, violadores y secuestradores llevaban uno para silenciar a sus victimas.
El número de victimas de crímenes sin resolver se disparó. De repente nadie veía nada ni oía nada, aunque el crimen se estuviese cometiendo en el piso de al lado.

Poco después se inauguró una página Web llamada JonDeadList.com que tuvo mucho éxito. En la página principal un contador enorme que ocupaba toda la pantalla mostraba el número de victimas mortales que se le asignaban indirectamente al Comeruidos y en consecuencia a mí. Dentro de la página podías consultar el nombre y tipo de muerte horrible de todas esas personas.

Inmerso en una depresión como estaba, esto acabo de minar mi voluntad. Me había echo rico con el invento, como se recordaba continuamente en JonDeadList.com, y ahora la gente sufría y moría por ello.

Me pasaba las horas mirando esa página. Mirando esas enormes cifras rodar e incrementarse. Lentamente hasta llegar a pararse a veces. Tan rápido que no daba tiempo a leerlas otras.
Cada vez que la rueda giraba me sentía miserable, culpable y deprimido como jamás me había sentido antes. No tenía sentido fijarse en el número de ceros de la cifra. Diez mil o diez millones, no había diferencia alguna.

Finalmente un día ocurrió.
Yo estaba sentado en el suelo frente al portátil, observando el contador girar, tapado con una manta. Algo se movió en el umbral de la puerta. Un hombre vestido con una malla negra y la cara pintada de blanco me miraba desde él. Lo reconocí. Era uno de los muchos a los que le había arruinado la vida.
Por fin todo se ha acabado, pensé justo antes de que el mimo se abalanzara sobre mí.

14 de juliol, 2006

Vivir o no vivir. (Relato)

Nació, creció y vivió solo. No es que no hubiese gente a su alrededor, sus padres, sus compañeros de clase, incluso algún intrépido que se autoproclamaba su amigo, pero nunca llegaron a conocerle. Y a él no le importaba. No veía la necesidad ni las ventajas de vincularse sentimentalmente con otra persona. Eso solo le suponía una carga, y unido a su nula necesidad de ser aceptado y apreciado por otras personas pronto lo convirtió en un hombre totalmente solitario.

Viviendo solo en el piso de sus difuntos padres, los vecinos lo tenían por un hombre extremadamente tímido y reservado. Él simplemente iba a trabajar y volvía sin buscar nada con lo que entretenerse. A decir verdad nunca tuvo una razón para vivir y si el mismo se hubiese planteado ese echo probablemente se hubiese dejado morir de hambre, evitando así la tragedia.

Un día volviendo a casa había una maceta en su portal. A primera vista parecía una maceta llena de tierra sin más, pero al mirar-la de cerca vio que un pequeño brote verde asomaba en el centro. Se detuvo frente al tiesto y al cabo de unos segundos de indecisión lo cogió y entró en su casa.
Dejo la maceta en el balcón y siguió con lo suyo.
Esa misma noche salió por la noche al bacón a observar el paisaje urbano como solía hacer. Apoyado en la barandilla con un vaso de agua fría en la mano dejo que su vista vagara por las infinitas luces. Pero sin saber como acabo mirando la planta. Allí estaba, silenciosa, respetuosa e independiente. Estuvo a punto de esbozar una sonrisa.
Cuando se giró para irse a dormir vació su vaso de agua en la maceta. Se fue sin mirar atrás.

Los días, las semanas pasaron. La planta fue creciendo. Por las noches se sentaba en una silla para estar a la altura de esta. Sentir su limpia presencia a su lado le reconfortaba. Pronto lo primero y lo último que hacia cuando iba o venia de casa era echarle un ojo a la planta.
Poco a poco se convirtió en una razón para vivir, la única. Ahora ya no miraba la selva urbana desde su balcón. Se dedicaba a observar cada recodo de la planta. Con el tiempo llego a memorizar cada rama, cada hoja, cada tonalidad de verde. Dejo de ir a trabajar. Ya no se vestía. Salía en pijama a comprar lo que le era indispensable. La gente le miraba y murmuraba, los niños se reían directamente. Le daba igual.

Un dia volvió y la planta estaba muerta. Muerta. Se sentó en el suelo junto a la maceta, sin atreverse a tocarla, a profanarla. Y con los ojos secos lloró.
Unos días más tarde se levanto. Cogió un cuchillo de la cocina y un martillo de la caja de herramientas y salió a la calle. Ya era hora de relacionarse con la sociedad.